Pensamiento Crítico

27 10 2008

Una crítica que recibo a menudo cuando me niego a creer cosas tales como la astrología, la medicina alternativa, los dogmas religiosos, la telepatía, la magia u otras creencias populares comunes es que soy un cabezota y debería estar más abierto a la posibilidad de que existan cosas mas allá de lo que la ciencia ha logrado comprender hasta ahora, e incluso cosas opuestas a las leyes de la naturaleza tal y como las entendemos hoy. A continuacion voy a exponer las razones por las que creo que semejante crítica, por bien que suene superficialmente, carece de sustancia.

En primer lugar, ninguna persona mínimamente inteligente niega que existan cosas todavía por descubrir: si así fuera todos los científicos, yo entre ellos, harían bien en abandonar sus puestos de trabajo y dedicarse a algo mas útil. Sin embargo, mi argumento aquí es que las pseudociencias mencionadas no se cuentan entre los futuros descubrimientos de la ciencia. La razón de esta aparentemente arrogante afirmación es sencilla: la humanidad dispone en el presente de los conocimientos necesarios para concluir que las creencias susodichas son falsas. No hace falta conocer todos los detalles sobre el funcionamiento del universo para saber con certeza que algo que se nos dice es falso: basta con que lo que se nos cuenta sea incompatible con conocimientos sólidos que hayamos aprendido con anterioridad.

En cuanto a la posibilidad de que los dudosos “hechos” propuestos por las distintas pseudociencias vayan a suplantar ninguna de las leyes establecidas tras años de observaciones y experimentos científicos, me parece tan probable como que mañana se demuestre que la iglesia católica tenía razón después de todo y la Tierra se creó hace 4000 años y es el centro del universo y todo lo hizo dios para el goce y disfrute de la especie humana, o mejor dicho, de los machos humanos… Como decía Carl Sagan: las afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias”. De momento, la pseudociencia ha aportado muchas afirmaciones extraordinarias y ninguna prueba convincente en lo mas mínimo. Si a esto le añadimos la abundancia de pruebas en contra en la mayoría de casos, el veredicto no se le puede escapar a nadie. 

Por otra parte, existe el mito de que hay que tener la mente abierta a todo, pero también esto debe ser puesto en duda. Si por estar abierto entendemos creernos todo lo que se nos dice, entonces estar abierto no sólo no es una virtud, sino que es un defecto muy serio. Por otro lado, si estar abierto significa estar preparado para evaluar la veracidad de las afirmaciones que se nos hacen, entonces me parece una virtud (pero si es así, entonces las críticas que recibo no tienen fundamento, pues mi rechazo de la pseudociencia no se basa en que yo me niegue a considerar los hechos, sino en que tras evaluar dichos hechos he concluído que la pseudociencia hace honor a su nombre y debe por tanto mantener su prefijo). En cualquier caso, la virtud principal consiste en saber filtrar la información que recibimos de modo que el resultado sea que sólo nos creamos las verdades y nos neguemos a creer las mentidas. En palabras del divulgador científico Richard Dawkins: “Debemos tener la mente abierta, pero no hasta el punto en que nuestro cerebro se cae al suelo”. 

Una forma útil de pensar sobre este tema es, en mi opinión, en términos jurídicos. Según esta metáfora, cuando alguien nos cuenta algo, debemos llevar su afirmación a juicio. Dentro de nuestro cerebro, escucharemos atentamente los casos de la acusación y de la defensa, oiremos lo que los expertos y los testigos relevantes tengan que decir al respecto, y estudiaremos las pruebas aportadas por ambas partes. Una vez completado este proceso, nuestro tribunal interno, esforzándose en ser lo mas imparcial posible, tendrá que emitir un veredicto, que podrá ser uno de los tres siguientes: (1) la afirmación es cierta, (2) la afirmación es falsa, o (3) los hechos disponibles no son suficientes para decidir, con lo cual el veredicto es aplazado hasta que se disponga de más información. 

Esto es lo que todos deberíamos estar haciendo, pero no lo hacemos. Por contra, tendemos a creer cosas en ausencia de pruebas que las demuestren, y algunos incluso se sienten orgullosos de semejante tipo de estupidez, a la que llaman fe. ¿Por qué la mayor parte de la humanidad ignora o menosprecia los conocimientos que la ciencia pone a su alcance y prefiere en su lugar creer en cuentos de hadas? Las razones de tan lamentable hecho son complejas y fueron en parte tratadas en mi previo ensayo “Creer o no creer, esta es la cuestion“. En el caso de la religión, por ejemplo, mantener la credulidad de los feligreses suele requerir amenazas (si no te crees lo que yo te cuento y haces lo que yo te digo, quemarás en el infierno para siempre…), las cuales no serían necesarias si la existencia de dios pudiese ser demostrada. Además del miedo y la indoctrinación de niños, muchos de nuestros mitos se basan en la ignorancia: nuestra sociedad suspende estrepitosamente en cuanto a educacion científica se refiere, y dicho tipo de educación incluye las técnicas del pensamiento crítico. Por consiguiente, dado que la mayoria de nosotros sabe bien poco sobre el funcionamiento real del mundo, al menos en las áreas de la astronomía, la física, la química, la geología y la biología, no debería sorprender a nadie que muchos de nosotros todavía creamos en mitos de la edad del bronce, tales como la astrología o el dios judeocristiano, los cuales fueron superados hace tiempo por los resultados de investigaciones científicas.  

Cualesquiera sus causas, dichos mitos son altamente dañinos para nuestra sociedad. Como dijo Voltaire, “si creemos absurdidades, cometeremos atrocidades” o, en otras palabras, si creemos falsedades, ello nos llevará irremediablemente a tomar decisiones estúpidas. Por si esto fuera poco, la abundancia de gente ilusa dispuesta a creerse cualquier mentida siempre y cuando ésta lleve un envoltorio bonito hace la vida facil para individuos sin escrúpulos que manipulan a la población para su propio beneficio, lo cual lleva inexorablemente a abusos de poder.

Finalmente, también hay que considerar que algunas mentidas son altamente contagiosas y tienden a desarmar todavía más a quienes las cultivan. Por ejemplo, una de las razones por las que mucha gente menosprecia el conocimiento adquirido por la ciencia es la mentida conocida como la doctrina platónica del alma, más tarde adoptada por la escuela neoplatónica de Alejandría, de donde la aprendieron los padres de la iglesia cristiana, a través de la cual nos ha llegado hasta nuestros días. Según dicha doctrina, no vale la pena estudiar las leyes naturales del mundo que nos rodea, puesto que este mundo es sólo el habitaje temporal y altamente imperfecto de nuestras almas, las cuales volverán tras la muerte de nuestros cuerpos al mundo de donde proceden, es decir el mundo perfecto de las Ideas. El hecho de que todo empezó como el fruto de la fértil imaginación de Platón y de sus preconcepciones sobre lo que significa un mundo perfecto, sin la más mínima prueba que apoye ninguna de sus afirmaciones, y el hecho de que haya multiples pruebas que indican la falsedad de semejante visión del mundo, no parece importarle demasiado a la enorme cantidad de personas que en pleno siglo XXI todavía creen que su vida mental, su alma como ellos la llaman, sobrevive a la muerte de sus cuerpos.     

En resumen, tenemos que empezar a practicar el pensamiento crítico-escéptico en nuestras vidas si queremos (1) entender mejor el mundo en que vivimos, de donde venimos, adonde vamos, quienes somos, (2) tomar decisiones inteligentes y (3) vivir en un mundo mejor y mas justo. Los lugares y momentos históricos en los que el pensamiento crítico libre ha prevalecido sobre los dogmas impuestos han sido también los lugares y momentos en los que los seres humanos han gozado de mayor libertad y vivido en sociedades más justas. Y esto no es ninguna coincidencia: la libertad y el pensamiento crítico se necesitan mutuamente: seamos listos y permitamos que ambos entren en nuestras vidas!

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